A Sergio se le erizó la piel. No por el accidente en sí —había visto cientos en su profesión—, sino por los detalles. El coche destrozado era exactamente del mismo modelo, año y color que el suyo. Incluso la matrícula, parcialmente visible entre el metal retorcido, coincidía con la suya.
—Un montaje —susurró para sí mismo, intentando convencer a su pulso acelerado—. Geolocalización, algoritmos de publicidad agresiva… Cruzan tus datos y te muestran lo que más te asusta para que hagas clic.
Trató de ignorarlo y deslizó la pantalla hacia abajo, pero el inicio de la página parecía congelado. Por más que movía el dedo, la publicación del accidente regresaba al centro de la pantalla, como si el teléfono insistiera en que no podía huir de esa imagen.
Sintiendo una mezcla de indignación y un miedo irracional que le oprimía el pecho, decidió acabar con el misterio. Bajó la mirada hacia la sección de interacción.
“1 comentario”, indicaba la plataforma.
Sergio pulsó el ícono. La sección se desplegó lentamente, revelando el enlace prometido. El comentario, escrito por el mismo perfil anónimo, no contenía un enlace a una página de videos común. Era una dirección IP local seguida de una frase corta:
“Mírate hasta el final.”
El dedo de Sergio actuó antes que su razón. Presionó el enlace. La pantalla se quedó completamente negra durante tres segundos que parecieron eternos. El reflejo de su propio rostro asustado apareció en el cristal del teléfono.
De repente, la pantalla se encendió. No era un video pregrabado. Era una transmisión en vivo.