La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad cuando ella decidió detenerse. Frente a ella estaba un hombre elegante, completamente empapado, sosteniendo una mirada que parecía esconder una historia demasiado pesada.
—Solo te pido una cosa… —dijo él con la voz quebrada—. Sé mi esposa por una noche.
Ella retrocedió confundida.
—¿Qué clase de propuesta es esa?
El hombre bajó la mirada y respiró profundo.
—Mi madre está en el hospital. Los médicos dicen que quizá no llegue al amanecer. Lleva años esperando conocer a la mujer con la que formaría una familia… pero nunca encontré a alguien. Hoy me pidió un último deseo: verme feliz y acompañado.
Ella permaneció en silencio.
No eran novios. Apenas se conocían por una situación inesperada horas antes. Pero en sus ojos no encontró mentira… encontró tristeza.
Después de unos segundos respondió:
—No voy a fingir ser alguien que no soy… pero sí puedo acompañarte.
Fueron juntos al hospital.
Cuando entraron, la madre abrió lentamente los ojos. Al verlos tomados de la mano sonrió como si hubiera esperado ese momento durante años.
—Al fin llegaste… —susurró ella.
Pasaron horas hablando, riendo y escuchando historias del pasado. Por primera vez en mucho tiempo, aquel hombre dejó de actuar como alguien fuerte y simplemente volvió a ser un hijo.
Al salir del hospital, bajo la lluvia que aún caía, él soltó su mano.
—Gracias… ya cumpliste tu promesa.
Ella sonrió.
—No. Solo te acompañé cuando más lo necesitabas.
Dicen que algunas historias de amor empiezan con flores, otras con coincidencias…
Y algunas comienzan con una petición imposible hecha en medio de una noche de lluvia.
Porque a veces alguien no necesita que lo amen para siempre… solo que alguien esté ahí cuando más lo necesita.